21 feb 2012

JUANA (De la serie: Familia Echavarría)

Por: Laura Bayer Yepes

La familia Echavarría está dando una fiesta en su impresionante casa de campo de Santa Fe de Antioquia. Entre los invitados figuran algunas de las personalidades más importantes del mundo político y empresarial de Medellín, junto a un grupo selecto de representantes del creciente panorama artístico. El motivo de la fiesta: el cumpleaños número 18 de la hija menor del señor Echavarría.

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-¡Ponéte el vestido!
- ¡No me lo pongo! –dijo echándose del todo en su cama.
-PO-NE-TE EL VES-TI-DO –dijo su madre por sílabas-. Mirá que es negro.
-Yo no quiero que me vean –repuso simplemente.
-Te dije que te pusieras a hacer ejercicio.
-Y yo te dije que no quería fiesta. Que me quería ir pa’ Medellín.
-Ya te traje a Medellín hasta la casa. Acá está ese muchachito y todo. Diez minutos, Juana. Diez minutos o si no tu papá viene y te saca.

A pesar de que la señora Echavarría salió dando un portazo, su peinado continuó inmaculado.

Doce minutos después, Juana estaba metida en ese costal negro que la hacía ver como globo y tenía las mejillas entumecidas de mostrar su recién estrenada profilaxis.

El salón principal de la casa finca de Santa Fe se le antojó terriblemente pequeño para alojar a todos los invitados de sus padres y a los egos de cada uno. Simplemente podía empezar por el niño menor de los Cataño, a quien le sonrió pero no fue determinada debido a que seguramente, él aún sentía rencor por el aquel incidente donde Juana se divirtió escondiéndole el BlackBerry. También vio a la señora de Gómez, que lo que la obligaba a sonreír no era un cumpleaños sino el Bótox, y junto a ella, su primo, Juan Echavarría, que a menudo la cacheteaba con el trasero liposuccionado de la presunción al comentar que el próximo año iniciaría sus estudios de Leyes en la Universidad de Yale, en Estados Unidos.

Y como ellos, muchos, al igual que hasta en la casa y en el jardín circundante había gente que nunca vio en su vida. Pero eso no importa, todos los ricos fingen conocerse.

Blanqueó los ojos al notar que realmente no había nadie… ni Lilo, ni Johnie, ni Tato, ni Mapi… su madre ni siquiera había tenido la decencia de invitar a Yaya, su mejor amiga. Y sí, allá estaba César, pero novio no era lo único que tenía.

Claro que su madre hablaba de lo contrario con Diana Angarita y Cecilia…, de cuyo apellido no se acordaba, solo sabía que era la esposa de ese prepotente concejal que también era minero de prestigio:
-Sí, pues ese es el novio pero ella casi no tiene nadie más con quién salir –contaba con sonrisa orgullosa-, porque mantiene estudiando… Ella es muy especial, lee mucho.

Por poco le pareció chistoso. Especial parecía ser un gran sinónimo de alienígena, como le había gritado una vez: “Qué pereza usted leyendo a toda hora, ¡parece un extraterrestre!”.

Y de repente se le ocurrió un plan brillante.

-Hey, tú –le saludó César cuando la consiguió menos atiborrada de gente alrededor-
-Hola, tú –contestó ella-. Gracias por haberte recogido el cabello.
-Con todo y eso, tu mamá no deja de hablar de mí.
-Es que le pareces muy exótico, es todo.

Rieron juntos y chocaron los puños como era costumbre.

-Yo te gusto, ¿sí o qué? –Inquirió Juana con restos de la carcajada anterior en los labios.
-Cada centímetro.
-Entonces supongo que no hay problema en que hagas algo si te pido el favor…

El ponqué del cumpleaños número 18 de Juana había sido colocado en el jardín que rodeaba la zona húmeda de la finca. Los invitados de los Echavarría pronto se congregaron allí para el brindis que proponía Echavarría padre, el anfitrión principal de la fiesta, más que la muchacha. Él, al parecer complacido de que su hija ya pudiera beber champaña de manera legal, no pareció darse cuenta cuando César se acercó y deslizó su brazo suavemente tras la espalda de la chica y luego levantó la copa para seguir la corriente.

Y justo cuando todos estaban bebiendo su primer sorbo del brindis, Juana dio unos cuantos pasos al frente, dejó que su vestido resbalara por su piel junto con todas sus convicciones de compostura y se dirigió a su madre:

-Mirá que estoy súper flaca, ma –dijo alzando los brazos y se lanzó a la piscina en ropa interior.

Más de un trago de la champaña más fina fue escupido esa noche.




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